Durante días, Torre Pacheco ha sido el epicentro de una tormenta mediática, política y social que ha puesto en evidencia lo peor —y también lo mejor— de una sociedad fracturada entre el bulo y la convivencia. La agresión a un anciano, convertida por la ultraderecha en excusa para desatar una caza de brujas, ha desatado una oleada de odio racista promovida desde redes sociales y grupos organizados, mientras la respuesta institucional se quedaba corta o llegaba tarde. Entre el ruido, las mentiras y la violencia, resurgen algunas verdades incómoda
¿Eres torpe? Inteligencia corporal mal canalizada. ¿Te cuesta hacer amigos? Inteligencia interpersonal muy avanzada. ¿Eres un borde? Inteligencia crítica. ¿Te cuesta trabajar en grupo? Pensamiento independiente. ¿Te suspenden? El sistema no está preparado para ti. El genio, al parecer, es la forma actual de justificar todos los fallos sin que suene a reproche.
La obsesión humana por las mascotas ha alcanzado cotas tan elevadas que la mera posesión de animales domésticos convencionales empieza a resultar pedestre, casi un síntoma imperdonable de vulgaridad burguesa. ¿Quién podría presumir hoy de tener un cerdo vietnamita si tu vecino se pasea con archaeopteryx del jurásico «desextinguido» mediante la modificación genética de una urraca? Admitámoslo sin tapujos: los gatos persas y los bulldogs franceses han perdido toda capacidad para provocar envidia.
El humor, no sé, pero el desenfado o la informalidad, si lo prefieres, casi siempre juega un papel importante en la divulgación, sea del tipo que sea. A fin de cuentas, la cosa va de resultar accesible para llegar a una mayor cantidad de gente.
Nos cuesta entender por qué una empresa como Mediaset, con recursos sobrados, elige no hacer sus propias entrevistas cuando puede, en cambio, reempaquetar las nuestras. ¿No tiene medios? ¿No tiene redactores? ¿No tiene tiempo? ¿No tiene, tal vez, interés por lo que implica el periodismo cuando no se limita a regurgitar titulares de otros?
Trump ha firmado una orden ejecutiva para proteger a los verdaderos americanos de las amenazas externas: las películas de Ruben Östlund, los libros con prefacio, y la ópera francesa que no sea en inglés, preferiblemente con acento de Dakota del Sur.
Uno se pregunta si en esos pasillos del conocimiento donde el método científico exige pruebas, replicabilidad y revisión por pares, también se aprueba la existencia de ángeles custodios mediante experimentos ciegos. ¿Cómo se conjuga en una misma cabeza la constante de Planck con el Diluvio Universal? ¿Dónde queda la tectónica de placas cuando uno cree que los continentes se separaron después de la Torre de Babel? Y más importante aún: ¿en qué momento dejaron de ser excéntricos para pasar a ser respetables?
El hombre de la tierra, es la mejor peli de ciencia ficción de todos los tiempos. Es flipante y sin un solo efecto especial, ni pantallas verdes, ni naves, ni «alienígenas»: solo gente hablando en una sala, y aun así te vuela la cabeza. La historia comienza con un hombre se despide de sus colegas universitarios. Va a mudarse, dice. Nada raro. Hasta que suelta que tiene 14.000 años. Lo dice sin grandilocuencia, como quien comenta el parte meteorológico. Lo rodean antropólogos, biólogos, teólogos, tipos formados, racionales, y uno a uno se van d
Su estilo era una cosa rara, como mezclar a Calexico con Leonard Cohen (y sus coros) después de una siesta. Folk, pop, un poco de anti-folk si eso significa algo, y un deje infantil que, lejos de molestar, enamora.
— Hola, bienvenido a ChatGPT. ¿En qué puedo ayudarte? — Hola, necesito que me digas porqué las siguientes líneas de código […] provocan el error «Null reference exception» — Claro, según leo en tu código te has olvidado de inicializar la variable cancamusa. Si utilizas este código, […] tu error será corregido. — El código que me has dado devuelve ahora el error «Bad data initialization» — Ah, ahora lo entiendo. Es cierto, el código que te he proporcionado tiene un error de inicialización implícito. Por favor, utiliza este otro código...
La verdadera pregunta no es si El odio duele —claro que duele—, sino si estamos dispuestos a seguir educando a nuestros hijos en el miedo a las palabras, o si preferimos enseñarles a enfrentarlas, a debatirlas, a someterlas a escrutinio. Enseñarles a rebatir también las palabras del padre. Del monstruo. Porque lo que está en juego aquí no es un libro. Es el estatuto de la libertad en el siglo XXI.
La noticia no por esperada ha dejado de sorprender: la editorial Next Door Publishers ha echado el cierre, termina su actividad, descataloga los 51 libros publicados en los 10 años de existencia y pone a la venta su stock con descuentos importantes, que empiezan al 50% entre el 1 y el 9 de marzo, descuentos que irán reduciéndose progresivamente hasta final de marzo, tras lo cual los libros ya no podrán adquirirse. El cierre de cualquier editorial entristece. Perdemos cultura, perdemos conocimiento. El negocio editorial es muy complejo y a las p
¿Cómo es posible que este mensaje, diseñado para resignar a los esclavos y emperadores por igual, haya sido transformado en una herramienta de autoayuda? Fácil. Se ha pasado por la trituradora de la positividad tóxica
«Bluesky es un experimento fallido en la búsqueda de un espacio digital perfecto. Querían un Twitter sin ruido, sin broncas, sin polémica… y terminaron creando una especie de purgatorio digital donde las interacciones son tan emocionantes como ver secarse la pintura» En Jot Down se ha publicado un artículo de humor (bastante naif) diciendo lo aburrida que es la comunidad de Bluesky, al que esta ha respondido con más de 300 citas y 250 comentarios, muchos de ellos al nivel de twitter.
En pleno siglo XXI, seguimos en las mismas. Netflix, los algoritmos y la inteligencia artificial siguen empeñados en crear historias que nos hagan creer que la gran tragedia existencial de la mujer moderna es decidir entre el tipo estable pero aburrido y el seductor con problemas de compromiso.