La perromanía
El decrecimiento de la población ocurre en todas las sociedades ricas, incluso aunque sus individuos sean pobres. En estas sociedades se llega a un punto donde la riqueza ha generado una cultura en la que deseamos tener más cosas, aficiones o "experiencias" a costa de la energía y tiempo que invertiríamos en formar familias. Y eso explica por qué tenemos las calles apestosas, y rebosantes de mierda perro.
Nuestros instintos maternales nos llevan a querer cuidar a alguien y recibir amor, no el amor pasional, pero independiente y eventualmente sañoso de nuestras parejas, sino ese amor necesitado e incondicional que te dan los hijos. El tipo de relación que también te dan los perros (y en el futuro los androides), y que te la van a dar a un coste infinitamente menor que el cónyuge o los hijos. La mayoría de las razas de perros no son problemáticas, es decir, no vas a invertir mucho tiempo en su educación, no hay que calentarse el coco con su comida, que es además una basura bastante asequible. Y sólo tendrás ocasionales gastos en veterinarios.
Por la otra parte un hijo, con suerte, puede ofrecerte más que el tipo de afecto que te va a dar tu mascota, pero con suerte o sin suerte te dará más disgustos y muchísimos más gastos. Siempre invertirás más en su salud que en la de tu mascota, y si bien la sanidad pública cubrirá los tratamientos costosos, si el hijo enferma, vas a buscar alimentos y tratamientos especiales, drogas, yerbas, vitaminas y medicinas alternativas fuera de la cobertura del sistema. Como mínimo al hijo le vas a dar tu comida o incluso algo mejor. Le pagarás sus estudios hasta los cuarenta y cinco años, y todavía le pagarás muchos más caprichos, más allá de esa edad. No vas a comprar su amor con un hueso de colágeno, sino con las mismas cosas que adquieres para ti: tiempo, casas, viajes, espectáculos, fiestas, ropa, además de juguetes mecánicos y eléctricos iguales a los que te compras. Y no, no te va a salir más barato un tablefono “para niños” que un tablefono “para adultos”, igual hasta te sale más caro su tabléfono porque va a querer jugar con él.
Eres pobre, pero tu sociedad no lo es, te ha formado, te ha hecho culto con el fin de consumir su producción cultural (desde películas a tabléfonos) a un nivel que las sociedades verdaderamente pobres del pasado considerarían aristocrático. Así que ni loco vas a vivir sólo con una Biblia en tu mesita de noche y dos mudas de ropa mientras satisfacen todas tus aspiraciones existenciales cuatro churumbeles. Tu sociedad te aboca a poseer cosas, consumir y tener más aficiones, además de una familia. Y da igual lo que digas sobre los “sacrificios”, la “vida sencilla” y todos esos comportamientos estoicos y virtuosos que decimos que debería poseer un proletariado que ya no existe.
La realidad es que aspiras a crear un negocio que quizá no te hará rico, pero va a ser “de lo que te gusta”. La realidad es que quieres comprarte un quad para hacer motocross en el campo, formarte en masaje ayurvédico o en lengua acadia, aprender a tocar la mandolina y viajar a la India para experimentar una nueva espiritualidad. Quieres ver series, jugar videojuegos maratonianos, leer libros, escribir una novela intimista y hacer esculturas conceptuales. Y sobre todo, quieres completar tu colección de funkos. En suma vas a querer profundizar en muchos temas y realizarte en algún campo más allá de el de ser madre o padre.
Un perro tiene una torre de aspiraciones, deseos y gastos infinitamente más pequeña que la tuya. Un perro es muy asequible y te dará amor sin desmontar una gran sección de tu torre. Pero un hijo tiene la misma torre que tú en poco más de una década desde que lo concibes. Tu sueldo daría para pagar la creciente torre de gastos del hijo si tu torre de gastos disminuyera al nivel de la torre de gastos de tu perro. Pero nadie quiere acabar siendo la mascota de su hijo. Queremos artilugios caros y experiencias aun más caras. Y nadie se contenta solo con estar con su familia, pelando patatas frente a la enésima reposición de una serie turca o huyendo de ella en el bar mientras platicas con los compadres con un palillo de dientes y un par de copitas de anis aguado.