Esclavos del éxito
Iker Jiménez, Elon Musk y Frank Cuesta han quedado un poco en el mismo tipo de situación calamitosa. Sus empresas funcionaron porque consiguieron vender sus trolas a un público muy amplio. Entonces acabaron podridos de dinero y/o se vieron rodeados de una inmensa burbuja de aduladores y fanáticos. Por lo que llegados a tales cimas de riqueza, poder y popularidad, seguro pensaron que no puede ser que la vida consista solo en "ordenar el cuarto", trabajar, reproducirse y ver partidos de furbol, que debe haber espacio para hacer política e intentar cambiar el mundo; y así se sintieron libres de opinar y colaborar con las luminarias de sus burbujas favoritas.
Pero su éxito había sido por interseccionar audiencia de otras burbujas que ignoraba su ideología, con seguidores que lo eran porque se limitaban a consumir un Indiana Jones cañí de la preservación animal, un mad doctor que vendía una colonización de Marte de película de serie B o un cuentacuentos que narraba leyendas urbanas al estilo del Weekly World News; y de repente se encontraron con que eran lo puto peor. La ironía es que cuando estos personajes se dedicaban a embaucar a tiempo completo, la gente les daba su dinero, pero cuando comenzaron a expresarse con sinceridad, y a ser verdaderamente unos filántropos, la gente se les echó encima.