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El apagón

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Nos encontramos en un apagón moral y espiritual desde el primer gobierno de Pedro Sánchez en junio de 2018. Nadie lo sospecha, pero desde ese momento comenzamos a entrar en una era oscura repleta de sobresaltos. Unos meses después vino la primera DANA que devastó mi tierra y arrastró un montón de autos y piedras a las cunetas. Fue el tiempo en que nació mi gato, que también me ha traído muchos disgustos. Luego no cesaron de ocurrir apocalípticas desdichas sin parangón en la historia contemporánea de la democracia: golpes de Estado, virus, volcanes, guerras, murcianos, comunistas que parecen fascistas, fascistas que parecen fascistas… un desbarajuste, que aún está lejos de acabar.

Se podría decir que todas estas colosales fatalidades han roto como las olas ciclópeas de un mar enfurecido contra el acantilado formidable e inamovible en forma de un gobierno indestructible al mando de un personaje tan rutilante como un maniquí de Simago. Lo cual es ciertamente lo que ha ocurrido. Y es extraordinario que las olas continúen golpeando y este modelo de Cortefiel de discurso anodino y políticas insustanciales siga gobernando. Todos tenemos la sensación de que al perder Mariano Rajoy el gobierno pasó algo imposible y tenebroso, algo siniestro que operaba tras las bambalinas del propio espacio-tiempo; como una fluctuación cuántica improbabilísima que cambió el destino, fijado por una divinidad bondadosa, de ser gobernados por la derecha para siempre; y se creó, en cambio, una nueva realidad más extraña y sombría de lo que nadie hubiera podido figurarse. No digo que con Mariano Rajoy Brey no fueran a pasar cosas extraordinarias, pero se habrían manejado de una forma muy suya. Todo habría sido muchísimo más divertido.

En ese futuro truncado seguiríamos teniendo a mandos de la policía haciendo desaguisados a la altura de la agencia de Mortadelo y Filemón, a ministros del OPUS encomendándose a ángeles y vírgenes cuando tuvieran que vérselas con diluvios y pestes; pero sobre todo tendríamos otro buen montón de frases de nuestro presidente. Ocurrencias que ya no escucharemos. Como la que dijo cuando no estuvo en la Palma durante la erupción del Tajogaite: "Lo del volcán… pues mire usted, es complicado. Tenemos que hacer cosas... cosas para que el volcán, si va a hacer algo, que lo haga bien". O cuando sacó a relucir, de nuevo, a su primo, a propósito de discrepancias que volvió a tener con la ciencia: "Y mi primo dice que el volcán, pues estará ahí, pero que tanto como para decir que va a hacer esto o lo otro… Y es verdad que a veces estos señores de la vulcanología dicen cosas… y luego pasan otras cosas. En fin, que lo importante es la prudencia. Y que cada uno opine lo que crea que tenga que opinar sobre el volcán". Es una pena haber perdido tantos comentarios jocosos, pero de hondo sentido común. Habría sido una excusa para sobrellevar con ánimo alegre todas las catástrofes que iban a suceder.

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