Fascismo entre invernaderos
Cuando tenía una hectárea, votaba al PSOE; con tres, votó ya al PP; con media docena de empleados y sesenta mil metros cuadrados de terreno, ha acabado cayendo rendido en los brazos de Vox. Las mentiras fascistas han calado en su limitada formación, acentuando su complejo de inferioridad al tiempo que su patrimonio aumentaba. No es, o no ha sido, mala persona, pero desconfía, se siente inseguro; entre otras razones, porque no tiene estudios y cualquiera de sus asalariados —jóvenes, fuertes, fibrosos todos ellos— domina tres idiomas, mientras que el castellano que él habla está infestado de faltas de ortografía.
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Todos delincuentes menos quienes trabajan conmigo, aunque no coincidamos ni en los bares donde ponen el fútbol. Todos a su tierra menos quienes me sacan a mí las castañas del fuego. Esa es la esquizofrenia en la que vive en estos momentos buena parte de los agricultores del Poniente Almeriense, que desde hace un tiempo gastan parte de su dinero para que sus hijos adquieran la formación que ellos no pudieron tener en colegios privados, la mayoría religiosos, donde no solo forman jovencitos y jovencitas a quienes importan poco los derechos sociales y laborales, sino donde tampoco es que se preocupen mucho por combatir el racismo ni la xenofobia. Esto es lo que hay.