El profesor Avi Loeb sostiene que la ausencia de señales extraterrestres no implica que no existan, sino que podría deberse a que civilizaciones avanzadas practican una política de silencio extremo, como en la “hipótesis del bosque oscuro”: en un universo potencialmente peligroso, las especies inteligentes evitan emitir señales para no atraer depredadores. Sin embargo, podrían acercarse a nosotros si detectan que nuestra civilización asciende rápidamente en la escala tecnológica —con avances en energía nuclear, inteligencia artificial y exploración espacial— y representa una incógnita o posible riesgo.
En este marco, Loeb analiza el caso del objeto interestelar 3I/Atlas, que presenta varias anomalías que lo diferencian de cometas y asteroides conocidos:
* Brillo inusualmente alto, lo que implicaría un tamaño enorme (posiblemente >20 km de diámetro), difícil de explicar con el material disponible en el espacio interestelar si fuera natural.
* Órbita alineada casi exactamente con el plano de la Tierra (dentro de ±5°), una coincidencia extremadamente rara, que además pasa cerca de Marte, Venus y Júpiter con una sincronización poco probable (probabilidades del orden de 1 entre 20.000).
* Momento de máxima aproximación al Sol coincidente con la posición opuesta de la Tierra, dificultando su observación desde aquí. Esto podría ocultar posibles maniobras, ya que el Sol taparía el objeto en su punto más brillante.
* Procedencia desde la dirección del centro galáctico, zona muy poblada de estrellas que complica su detección temprana.
* Velocidad y trayectoria óptimas para desplegar sondas hacia planetas interiores usando impulsos comparables a los de misiles balísticos humanos.
Estas características llevan a Loeb a considerar la posibilidad de que no sea un cometa natural, sino una sonda o nave con un diseño intencional, potencialmente en misión de reconocimiento. El 29 de octubre, fecha de su perihelio, será clave para observar su comportamiento y determinar su naturaleza.
Respecto al contacto con vida extraterrestre, Loeb advierte sobre riesgos biológicos graves. En la Tierra, toda la vida comparte la misma quiralidad molecular (orientación de ADN/ARN y aminoácidos), pero un organismo con quiralidad opuesta podría introducir patógenos contra los que no tenemos defensas. El ejemplo histórico sería la catástrofe demográfica de los pueblos originarios de América tras la llegada de patógenos europeos. Por ello, desaconseja interacciones físicas directas con alienígenas, aunque subraya el valor inmenso de un intercambio de conocimientos y tecnologías.
Loeb denuncia que la ciencia institucional suele rechazar estas ideas por tres motivos principales:
1. Disonancia cognitiva: la incomodidad de aceptar algo que contradice el paradigma actual.
2. Presión de grupo: la comunidad académica castiga al que se aparta del consenso.
3. Apego emocional: el ego de los investigadores se liga a teorías establecidas.
Compara esta actitud con la oposición del Vaticano a Galileo: aunque se intente suprimir la evidencia, si los datos son suficientes, la realidad acabará imponiéndose.
Frente a una astronomía que invierte miles de millones en buscar microbios (mediante biofirmas en atmósferas de exoplanetas) pero casi nada en buscar tecnología avanzada, Loeb propone equilibrar esfuerzos. Argumenta que un hallazgo tecnológico sería inequívoco y podría revolucionar la física: unificar gravedad y cuántica, explicar la materia oscura o el origen del universo.
Desde el Galileo Project, lidera el desarrollo de software y estrategias para detectar más objetos interestelares, con instrumentos como el Observatorio Rubin (que podría descubrir decenas en la próxima década) y el Telescopio James Webb, que permitiría medir temperatura, tamaño y forma con gran precisión.
Loeb se declara optimista: asume que civilizaciones más avanzadas no querrán destruirnos, sino que podrían aportarnos conocimiento. Reconoce el riesgo —citando la preocupación de Stephen Hawking por atraer depredadores—, pero prefiere mantener una visión abierta y positiva. Para él, el contacto con inteligencia extraterrestre tendría un impacto profundo en ciencia, filosofía, religión, política y psicología, y es probable que no estemos solos, ya que la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea son mucho más antiguas que el Sol.
Concluye que buscar vida inteligente es también una forma de aspirar a algo mejor que lo que vemos en la Tierra, donde gran parte de la energía humana se dedica a conflictos y rivalidades. Su mensaje final: pensar en grande, mantener la curiosidad y dejar que los datos guíen, no los prejuicios.
#12 es que no lo quiere hacer porque cuando trajo la misma noticia anteriormente le contesté a todo lo que había resumido en #1 y aquí ha vuelto a hacerlo aunque ahora trae nuevos puntos, como el brillo o la procedencia aparente (anda que no se habrá cruzado con cosas que han alterado su trayectoria, a saber de donde coño viene)
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El profesor Avi Loeb sostiene que la ausencia de señales extraterrestres no implica que no existan, sino que podría deberse a que civilizaciones avanzadas practican una política de silencio extremo, como en la “hipótesis del bosque oscuro”: en un universo potencialmente peligroso, las especies inteligentes evitan emitir señales para no atraer depredadores. Sin embargo, podrían acercarse a nosotros si detectan que nuestra civilización asciende rápidamente en la escala tecnológica —con avances en energía nuclear, inteligencia artificial y exploración espacial— y representa una incógnita o posible riesgo.
En este marco, Loeb analiza el caso del objeto interestelar 3I/Atlas, que presenta varias anomalías que lo diferencian de cometas y asteroides conocidos:
* Brillo inusualmente alto, lo que implicaría un tamaño enorme (posiblemente >20 km de diámetro), difícil de explicar con el material disponible en el espacio interestelar si fuera natural.
* Órbita alineada casi exactamente con el plano de la Tierra (dentro de ±5°), una coincidencia extremadamente rara, que además pasa cerca de Marte, Venus y Júpiter con una sincronización poco probable (probabilidades del orden de 1 entre 20.000).
* Momento de máxima aproximación al Sol coincidente con la posición opuesta de la Tierra, dificultando su observación desde aquí. Esto podría ocultar posibles maniobras, ya que el Sol taparía el objeto en su punto más brillante.
* Procedencia desde la dirección del centro galáctico, zona muy poblada de estrellas que complica su detección temprana.
* Velocidad y trayectoria óptimas para desplegar sondas hacia planetas interiores usando impulsos comparables a los de misiles balísticos humanos.
Estas características llevan a Loeb a considerar la posibilidad de que no sea un cometa natural, sino una sonda o nave con un diseño intencional, potencialmente en misión de reconocimiento. El 29 de octubre, fecha de su perihelio, será clave para observar su comportamiento y determinar su naturaleza.
Respecto al contacto con vida extraterrestre, Loeb advierte sobre riesgos biológicos graves. En la Tierra, toda la vida comparte la misma quiralidad molecular (orientación de ADN/ARN y aminoácidos), pero un organismo con quiralidad opuesta podría introducir patógenos contra los que no tenemos defensas. El ejemplo histórico sería la catástrofe demográfica de los pueblos originarios de América tras la llegada de patógenos europeos. Por ello, desaconseja interacciones físicas directas con alienígenas, aunque subraya el valor inmenso de un intercambio de conocimientos y tecnologías.
Loeb denuncia que la ciencia institucional suele rechazar estas ideas por tres motivos principales:
1. Disonancia cognitiva: la incomodidad de aceptar algo que contradice el paradigma actual.
2. Presión de grupo: la comunidad académica castiga al que se aparta del consenso.
3. Apego emocional: el ego de los investigadores se liga a teorías establecidas.
Compara esta actitud con la oposición del Vaticano a Galileo: aunque se intente suprimir la evidencia, si los datos son suficientes, la realidad acabará imponiéndose.
Frente a una astronomía que invierte miles de millones en buscar microbios (mediante biofirmas en atmósferas de exoplanetas) pero casi nada en buscar tecnología avanzada, Loeb propone equilibrar esfuerzos. Argumenta que un hallazgo tecnológico sería inequívoco y podría revolucionar la física: unificar gravedad y cuántica, explicar la materia oscura o el origen del universo.
Desde el Galileo Project, lidera el desarrollo de software y estrategias para detectar más objetos interestelares, con instrumentos como el Observatorio Rubin (que podría descubrir decenas en la próxima década) y el Telescopio James Webb, que permitiría medir temperatura, tamaño y forma con gran precisión.
Loeb se declara optimista: asume que civilizaciones más avanzadas no querrán destruirnos, sino que podrían aportarnos conocimiento. Reconoce el riesgo —citando la preocupación de Stephen Hawking por atraer depredadores—, pero prefiere mantener una visión abierta y positiva. Para él, el contacto con inteligencia extraterrestre tendría un impacto profundo en ciencia, filosofía, religión, política y psicología, y es probable que no estemos solos, ya que la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea son mucho más antiguas que el Sol.
Concluye que buscar vida inteligente es también una forma de aspirar a algo mejor que lo que vemos en la Tierra, donde gran parte de la energía humana se dedica a conflictos y rivalidades. Su mensaje final: pensar en grande, mantener la curiosidad y dejar que los datos guíen, no los prejuicios.