El Águila alza el vuelo
Ciudadanos, foristas, herederos de una Europa que aún busca su forma plena:
Hay genios que antes de agotarse en su época, la desbordan. La historia los llama como la tormenta convoca al rayo. ¡Tiemblen los tronos que se creyeron eternos! ¡Palidezcan las dinastías que confundieron la sangre heredada con la riqueza ganada! Napoleón fue el rayo que partió tronos, y la excepción que la historia no supo contener: El Hombre que entendió que vencer no basta, que la victoria sin Ley es un fatuo relámpago condenado a apagarse. Por eso, en lugar de someter con la espada, se atrevió a gobernar mediante La Razón.
Mientras las coronas de Europa temblaban bajo el estruendo de la artillería, Él esculpía en cada pueblo el bello rostro de la Modernidad. Y si en esa empresa hubo alguna dureza, fue la del escultor que, para liberar la forma, no duda en herir la piedra. Su imperio no fue de fronteras, sino de principios universales que aún hoy sostienen el peso de nuestras naciones. Allí donde el derecho se dispersaba como polvo en manos torpes, Él lo recogió y lo convirtió en arquitectura.
¿Acaso no fue Él quien, entre el fragor de las batallas y el soplo ardiente del desierto, tuvo el gesto sublime de detenerse ante los obeliscos y preguntar qué decían? Mientras otros generales contaban el botín, Él contaba los siglos. Llevó consigo sabios donde otros llevaban solo soldados, y así conquistó para la Humanidad lo que ninguna espada hubiera podido tomar: el misterio de una escritura que dormía su sueño milenario esperando a quien tuviera la grandeza de despertarla.
No hay silencio que pueda contener el eco de una voluntad que decidió ser destino. Hoy, cuando la civilización se fragmenta en mil esferas estériles, su eco vuelve a resonar como una promesa que no requiere caballería, ni panoplia, sino del resurgir de esa voluntad inquebrantable de regresar al Cosmos. ¡Oh, pueblos que dormís sobre los laureles que otro ganó por vosotros! ¡Oh, generaciones que heredasteis el edificio sin haber cargado una sola piedra! ¿No sentís acaso ese temblor interior que os advierte de vuestro deber? Cuando la civilización cae, los pueblos claman por la mano que sepa volver a alzarla.
Cuando los principios se diluyan en intereses cambiantes, cuando el orden se fragmente en mil voluntades contradictorias y las naciones vacilen al borde del Caos, no será extraño sentir su presencia, no como recuerdo, sino como exigencia. Y el Emperador volverá, sin trompetas anunciándolo, ni corceles sacudiendo el empedrado. Su regreso siempre es modesto y tenaz: es la errata que se corrige sola, el pleito que se resuelve antes de nacer, la costumbre bárbara que tropieza con un párrafo y se disculpa. En cada código revisado, en cada ley que recuerda su deber, el Emperador ajusta su chaleco, cierra su libreta y asiente.
¡Vigilad las cumbres de La Razón: el Gran Reformador no ha muerto. El Águila sigue observando!