La inauguración de un nuevo observatorio astronómico siempre es una buena noticia, pero si hablamos de un telescopio dotado de un espejo primario de 8,42 metros capaz de tomar imágenes con un campo equivalente al de 45 lunas llenas, no es una buena noticia, es una auténtica revolución en la astronomía moderna. Entre la comunidad científica internacional, solo el lanzamiento del James Webb ha sido tan esperado como la inauguración de este observatorio. Hablamos del observatorio Vera C. Rubin, un telescopio situado a 2647 metros de altura.
Durante décadas, Marte fue descrito como un planeta muerto, sin corazón que latiera bajo su corteza. Pero los datos de la misión InSight, que escuchó sus “marsquakes” entre 2018 y 2022, han cambiado esa imagen. Bajo su superficie se esconde un núcleo sólido, similar al de la Tierra, que reabre preguntas sobre su pasado magnético y su destino como mundo.
Nunca podremos ver cómo se formó nuestro planeta. Es algo que tenemos que aceptar y que, aunque al común de los mortales no le quite el sueño, sí atormenta a algunos expertos en geología planetaria. Lo más parecido que podemos hacer es observar el cosmos en busca de nuevos ejemplos, planetas en pleno nacimiento a partir de los cuales deducir cómo fue nuestra infancia. Y, en el inconmensurable universo, habrá tantos ejemplos como nuestra tecnología nos permita observar.
La nueva propuesta combina información de fusiones de agujeros negros y señales colectivas, con el objetivo de refinar la medición de distancias cósmicas y resolver discrepancias históricas en la ciencia moderna. Por qué es clave en las mediciones del Hubble.