Camas y colchones cada vez más grandes, carros muy pesados que deben desplazar sobre moqueta, una media de 20-25 habitaciones por jornada, ausencia de descansos… Estas son las condiciones en las que desarrollan su trabajo diariamente las camareras de piso, un colectivo que, por estas circunstancias, presenta un elevado consumo de fármacos y psicofármacos para paliar sus dolores musculares, rebajar su nivel de ansiedad y poder continuar trabajando para no perder su puesto.
Una grabación de vídeo muestra que hace unos meses un hombre musulmán golpea a una camarera en la cara con un plato delante de su esposa, hijos, y otros clientes. La policía, sin embargo, hasta la fecha no ha realizado detenciones.