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Desde la época del mismísimo Sun Zu en su arte de la guerra ya nos venían advirtiendo que tal no era más que el arte del engaño y del disfraz. Así desde de tiempos inmemoriales se ha venido comparando al demonio con un ser malvado y maquiavélico que mediante la astucia de hacerse pasar por bueno provocaba en sus victimas el más profundo de los sufrimientos. A veces después de su enrevesado plan lo exponia como final aún más cruel para su pobre compañero de fatigas, otras, sin embargo, la tortura se extendía al no poderse explicar el interfecto que cúmulo de catastróficas desdichas le habían llevado a semejante afrenta. Sea como fuere la figura del hipócrita del cabrón de turno o del hijo puta de camuflaje ha sido de gran relevancia a lo largo de la historia de la humanidad.
Corren tiempos no menos oscuros donde la línea que se para el bien del mal es mas bien difusa y donde existen expertos en caminar al filo del hijoputismo más falaz y torticero. Ultimamente la figura de la persona moralmente intachable, que defiende sus posturas con una pasión y un desenfreno digno de las gestas de otra época , se ha puesto muy en boga. No es de extrañar que amigos de lo ajeno, malvados y demás d
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