La industria europea se lanzó a una carrera impulsada por la religión climática, ahora caída en desgracia, y trató de hacer que sus empobrecidos ciudadanos pasaran por un aro en el que ya no cabían, restringiéndoles el acceso a las ciudades mientras dejaban que los SUV de los ricachos pasearan a su antojo. En el proceso, el amo yankee les dejó sin energía barata rusa y los chinos les comieron la tostada tecnológica. Todos los responsables del desaguisado siguen en el poder o viven de puta madre, y así será difícil no ya revertir, sino tan sólo asumir la situación dramática en que nos encontramos.
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