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Una noche, tras la ingesta de caldos espirituosos en una tasca de un pueblito de la España profunda, Truñucio, de vuelta en casa tras haber caminado un largo trecho haciendo más eses de las recomendables, ya acomodado en su sofá y sumido en su amarga soledad, agarró con su mano inhábil un recorte con un foto de IDA y, mirándola con rictus de Ñu en celo, procedió a sacudirse la sardina durante horas, en lo que, para él, sería la experiencia más cercana al sexo real y con verdadero amor que nuestro amigo jamás había tenido. Desde entonces, el protagonista de este relato juró lealtad eterna a la amebilla. Ahora vaga triste y ofendido por las webs insultando insistentemente, como si fuese presa de un Tourette pronunciado, a todo el que critique la desastrosa gestión de esta hija de fruta gerontocida.

"El Incel y la Ameba" Es la historia de una lealtad indivisible, emana ternura, nadie lo negará. {0x1f64a}
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