Enorme emoción la que se ha vivido este 3 de enero en la Puerta del Sol, la plaza de la esperanza para los 200.000 exiliados venezolanos que residen en la capital de España. El enclave, con sus adornos navideños y su peatonaje de un ... sábado de Navidad, se vio nutrido de cientos de venezolanos que acudieron a celebrar que Nicolás Maduro había sido arrestado y extraído del país de la mano de Estados Unidos, acusado de narcotráfico y terrorismo.
«Estamos muy felices, viviéndolo con mucha esperanza; pero no olvidemos que el miedo sigue en Caracas, en toda Venezuela, que allí tenemos todos familia aún», recordaba una de los 2.500 manifestantes en Sol.
Decenas de banderas (tanto de las bolivarianas como con las siete estrellas) al hombro, también algunas del país norteamericano, 'parlantes' (nuestros altavoces) a toda mecha con música llanera y esa alegría tan propia del venezolano, un pueblo que sabe llorar y reír a la vez como pocos.
«Son 27 años de totalitarismo, por fin vemos el final de túnel», se congratulaba David Goudet, de 34 años, los últimos cinco en Madrid: «Me vine cuando hubo un apagón que duró una semana y me quedé sin comida ni trabajo», explicaba este ingeniero informático. En su opinión, hay dos cosas que deben pasar aún: «Que la gente en Venezuela salga a la calle, porque sin el apoyo público esto no avanzará. Y también tenemos que detener a muchísimos chavistas que aún siguen en el poder. Sobre todo hay que tener en cuenta que estamos ante un poder militar que tiene un total control del ejército en mi país», advertía.
De los más de 200.000 personas del país suramericano que residen aquí, muchos de son peticionarios de asilo, exiliados de una patria a la que no olvidan y piensan regresar, «si todo se aclara». La llegada comenzó a inicios del régimen chavista, en 1998, pero se ha multiplicado exponencialmente en los últimos años, hasta convertirse en la segunda nacionalidad en Madrid.
Otra característica de nuestros hermanos del país latino es su alta cualificación profesional y lo duro que trabajan. Aunque muchos en España no salgan de un oficio en la hostelería o, los más desafortunados, como repartidores de comida en bicicletas. De esos últimos, decenas se han visto este sábado marchando por la calle de Eloy Gonzalo, frente al consulado, levantando el puño y recibiendo abrazos de propios y extraños. «Por fin, por fin llegó el momento», celebraban. Los coches que pasaban a su lado tocaban el claxon en señal de apoyo y los madrileños que paseaban por el barrio tampoco perdían la oportunidad de dar la mano a los allí congregados.
«Llevo aquí dos años. Estoy inmensamente contenta y muy feliz», confesaba, emocionada, Ana María Machado, que, hasta que pudo, lideró grupos locales de la oposición venezolana. «Lo más importante es la caída de Maduro. Apoyo la causa de Trump. Entiendo que quiera liberar de las drogas a su país porque Venezuela no es socialista ni bolivariana, es una narcodictadura», sentenciaba.
El árbol de Navidad de la Puerta del Sol fue el punto exacto junto al que se comenzaron a congregar los manifestantes, con el rostro lleno de lágrimas, esta vez de alegría, a diferencia de tantas concentraciones previas de los últimos años en contra de Maduro. Matrimonios de mediana edad españoles que iban de compras no podían evitar, también llorando de emoción, abrazar a desconocidos por la previsible liberación de un país, Venezuela, que también fue un hogar de acogida para represaliados del franquismo.
Carolina, de 40 años, y su hija Paola, de 18, aguantaban como podían las lágrimas. Esta bioanalista lleva siete años en España y se enteró de la noticia de la detención de Maduro «cuando iba camino al trabajo, en el metro»: «Al ver las imágenes, no lo podía creer. Hasta que me convencí de que finalmente Estados Unidos hizo lo que tenía que hacer».
Como el resto de preguntados por ABC, sabe que lo ocurrido «es un primer paso» y toca esperar a las siguientes fases. «No creo que Estados Unidos deje el trabajo a medias». Y, como el resto, sacaba a colación los nombres de los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge); Diosdado Cabello, Padrino López... Los jerifaltes políticos y militares. Sobre los mandatarios españoles, Carolina solo se atreve a hablar de la madrileña: «Ayuso sí nos va a apoyar. Ayuso sí».
María Adela Betancourt fue muchos años catedrática de Geografía e Historia de Venezuela. Ahora ejerce en Madrid como camarera de piso en un hotel. Lleva 16 años en España y era una de las más emocionadas en Sol. Clamaba contra «Zapatero, un ladrón, y Gustavo Petro [presidente de Colombia», al que aconsejaba que «ponga el culo a remojar, porque va a ser el próximo».
«Vine a España porque yo no concebía respirar el mismo aire del chavismo. Pero mi lucha nunca ha cesado. Hay cosas que no podemos hacer tan abiertamente porque tenemos familia en Venezuela que corre peligro». Por eso, hacía un llamamiento: «A mi gente, que se resguarden, porque el miedo no ha terminado en Venezuela hasta que no tengamos la libertad total. Esto ha sido un regalo que nos ha dado nuestro Papá Noel, que es Donald Trump».
También era crítica con el papel del Gobierno español: «El suyo ha sido un papel muy alcahueta, porque Pedro Sánchez sabe lo que estaba pasando en Venezuela y ha disfrazado esto con darle nacionalidad a los venezolanos, brindarle supuestamente un apoyo artificial, mientras que por debajo de cuerda estaba haciendo negocios con el narcotráfico junto con Zapatero, que tiene muchos años sacando el dinero de Venezuela para ellos enriquecerse».
Caían las cinco de la tarde cuando en la Puerta del Sol un grupo de venezolanos descorchaba la primera botella de cava, al son de «Volvámonos a Venezuela, vamos a retornar». Otro grupo sostenía un peluche de plátano con el rostro y las manos esposadas de Nicolás Maduro, al que golpeaban, mientras una mujer con una careta de Donald Trump bailaba. «Sin maltrato al animal», bromean otros.
Entre los asistentes, estaban los que conciben la celebración como un momento para liberar el odio reprimido y los que pedían sosiego en momentos de incertidumbre, «una voz en calma, que respete líneas».
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«Estamos muy felices, viviéndolo con mucha esperanza; pero no olvidemos que el miedo sigue en Caracas, en toda Venezuela, que allí tenemos todos familia aún», recordaba una de los 2.500 manifestantes en Sol.
Decenas de banderas (tanto de las bolivarianas como con las siete estrellas) al hombro, también algunas del país norteamericano, 'parlantes' (nuestros altavoces) a toda mecha con música llanera y esa alegría tan propia del venezolano, un pueblo que sabe llorar y reír a la vez como pocos.
«Son 27 años de totalitarismo, por fin vemos el final de túnel», se congratulaba David Goudet, de 34 años, los últimos cinco en Madrid: «Me vine cuando hubo un apagón que duró una semana y me quedé sin comida ni trabajo», explicaba este ingeniero informático. En su opinión, hay dos cosas que deben pasar aún: «Que la gente en Venezuela salga a la calle, porque sin el apoyo público esto no avanzará. Y también tenemos que detener a muchísimos chavistas que aún siguen en el poder. Sobre todo hay que tener en cuenta que estamos ante un poder militar que tiene un total control del ejército en mi país», advertía.
De los más de 200.000 personas del país suramericano que residen aquí, muchos de son peticionarios de asilo, exiliados de una patria a la que no olvidan y piensan regresar, «si todo se aclara». La llegada comenzó a inicios del régimen chavista, en 1998, pero se ha multiplicado exponencialmente en los últimos años, hasta convertirse en la segunda nacionalidad en Madrid.
Otra característica de nuestros hermanos del país latino es su alta cualificación profesional y lo duro que trabajan. Aunque muchos en España no salgan de un oficio en la hostelería o, los más desafortunados, como repartidores de comida en bicicletas. De esos últimos, decenas se han visto este sábado marchando por la calle de Eloy Gonzalo, frente al consulado, levantando el puño y recibiendo abrazos de propios y extraños. «Por fin, por fin llegó el momento», celebraban. Los coches que pasaban a su lado tocaban el claxon en señal de apoyo y los madrileños que paseaban por el barrio tampoco perdían la oportunidad de dar la mano a los allí congregados.
«Llevo aquí dos años. Estoy inmensamente contenta y muy feliz», confesaba, emocionada, Ana María Machado, que, hasta que pudo, lideró grupos locales de la oposición venezolana. «Lo más importante es la caída de Maduro. Apoyo la causa de Trump. Entiendo que quiera liberar de las drogas a su país porque Venezuela no es socialista ni bolivariana, es una narcodictadura», sentenciaba.
El árbol de Navidad de la Puerta del Sol fue el punto exacto junto al que se comenzaron a congregar los manifestantes, con el rostro lleno de lágrimas, esta vez de alegría, a diferencia de tantas concentraciones previas de los últimos años en contra de Maduro. Matrimonios de mediana edad españoles que iban de compras no podían evitar, también llorando de emoción, abrazar a desconocidos por la previsible liberación de un país, Venezuela, que también fue un hogar de acogida para represaliados del franquismo.
Carolina, de 40 años, y su hija Paola, de 18, aguantaban como podían las lágrimas. Esta bioanalista lleva siete años en España y se enteró de la noticia de la detención de Maduro «cuando iba camino al trabajo, en el metro»: «Al ver las imágenes, no lo podía creer. Hasta que me convencí de que finalmente Estados Unidos hizo lo que tenía que hacer».
Como el resto de preguntados por ABC, sabe que lo ocurrido «es un primer paso» y toca esperar a las siguientes fases. «No creo que Estados Unidos deje el trabajo a medias». Y, como el resto, sacaba a colación los nombres de los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge); Diosdado Cabello, Padrino López... Los jerifaltes políticos y militares. Sobre los mandatarios españoles, Carolina solo se atreve a hablar de la madrileña: «Ayuso sí nos va a apoyar. Ayuso sí».
María Adela Betancourt fue muchos años catedrática de Geografía e Historia de Venezuela. Ahora ejerce en Madrid como camarera de piso en un hotel. Lleva 16 años en España y era una de las más emocionadas en Sol. Clamaba contra «Zapatero, un ladrón, y Gustavo Petro [presidente de Colombia», al que aconsejaba que «ponga el culo a remojar, porque va a ser el próximo».
«Vine a España porque yo no concebía respirar el mismo aire del chavismo. Pero mi lucha nunca ha cesado. Hay cosas que no podemos hacer tan abiertamente porque tenemos familia en Venezuela que corre peligro». Por eso, hacía un llamamiento: «A mi gente, que se resguarden, porque el miedo no ha terminado en Venezuela hasta que no tengamos la libertad total. Esto ha sido un regalo que nos ha dado nuestro Papá Noel, que es Donald Trump».
También era crítica con el papel del Gobierno español: «El suyo ha sido un papel muy alcahueta, porque Pedro Sánchez sabe lo que estaba pasando en Venezuela y ha disfrazado esto con darle nacionalidad a los venezolanos, brindarle supuestamente un apoyo artificial, mientras que por debajo de cuerda estaba haciendo negocios con el narcotráfico junto con Zapatero, que tiene muchos años sacando el dinero de Venezuela para ellos enriquecerse».
Caían las cinco de la tarde cuando en la Puerta del Sol un grupo de venezolanos descorchaba la primera botella de cava, al son de «Volvámonos a Venezuela, vamos a retornar». Otro grupo sostenía un peluche de plátano con el rostro y las manos esposadas de Nicolás Maduro, al que golpeaban, mientras una mujer con una careta de Donald Trump bailaba. «Sin maltrato al animal», bromean otros.
Entre los asistentes, estaban los que conciben la celebración como un momento para liberar el odio reprimido y los que pedían sosiego en momentos de incertidumbre, «una voz en calma, que respete líneas».