La televisión de las últimas décadas ha abusado de frases hechas que, en realidad, están completamente vacías. Y da igual, las siguen repitiendo, como salvoconducto, los que viven del espectáculo del enjuiciamiento de la intimidad del otro. Un buen ejemplo es la retransmisión de la historia interminable de la herencia de Paquirri. Aquí los dilemas se solucionan en los platós, que es mucho más rentable económicamente -y ególatramente- para sus protagonistas.
O sea, que Pablo Iglesias se ha tenido que quedar más a gusto que un linfocito bombeado por un corazón enamorado. Me hacen mucha gracia nuestros descolocados tertulianos, que se ven muy enfadados con este enroque ofensivo de rey. Pero es que parece que Pablo Iglesias fue engendrado y educado para en
Poco antes de fallecer, Umberto Eco regaló al diario “La Stampa” unas declaraciones que sirvieron de alimento para la controversia. Las redes sociales, decía el semiólogo italiano, «le dan el derecho de palabra a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino». Si la televisión ya había entronizado a voces poco educativas, Internet las ha consagrado. Se trata, dice Eco, de «la invasión de los imbéciles».
«Pretender que el sexo, la sexualidad y el color de la piel no significan nada sería ridículo. Pero pretender que lo son todo sería nefasto». Con esta afirmación termina el periodista Douglas Murray (Reino Unido, 1979) su ensayo ‘La masa enfurecida. Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura‘, en el que explora cómo el fanatismo y los dogmas también hoy se disfrazan de buenas causas.
Recientemente en la Comunidad de Madrid tenemos una nueva tarjeta de transporte. Podría decir que es un título de transporte, pero no es algo cierto. En realidad, tenemos una tarjeta en la que podemos cargar algunos billetes (no todos) de trasnporte público de la región. Con mi afan cacharrero, aprovechando que la regalaban, la pedí on line. Al empezar a usarla, no hice más que lamentar la pobre lógica que encierra este soporte. Porque es una metáfora clara de lo que pasa cuando juntas tecnología del siglo XXI con una mentalidad de 1960.
El debate que se plantea el World Economic Forum, es el de un trayecto diferente para llegar a la distopía orwelliana. Ya no es un proceso político, sino tecnológico, social, el que nos encamina a una sociedad de personas conectadas en los servidores de gobiernos y empresas.
En la película Amistad, de Steven Spielberg, el abogado de unos esclavos africanos -sometidos a juicio por asesinato de unos negreros- que intenta todo tipo de estrategias para salvarlos de la horca, incluso considerarlos jurídicamente como simples mercancías, es amonestado por el representante del grupo abolicionista que lo ha contratado, que no solo afirma que el caso ha de tratarse exclusivamente como un asunto moral, sino que llega a deslizar que, para su causa, quizás sea mejor que los esclavos finalmente sean condenados y ejecutados
¿Has visto la obra de Santiago Sierra? Como todos los años, el pasado fin de semana estuve en ARCO. Al regresar, la pregunta que abrió la mayor parte de mis conversaciones sobre la feria fue más o menos la misma. No, no he visto la obra de Santiago Sierra. Ni yo, ni prácticamente nadie, porque no llegó a exponerse al público. La galería la retiró de su stand. Yo habría hecho lo mismo. La atención de los visitantes se habría centrado, como en cada edición, en el escándalo de turno. Y ARCO es una feria.
Me entero entre siesta y siesta (sí, estoy de vacaciones) que hay un lío con algunos divulgadores científicos en relación con cuestiones de ética. Más concretamente, lo que me llega es esta noticia de eldiario.es en la que se habla de los divulgadores científicos en general mientras se centran en tres casos famosos. Bueno, ya que estoy por aquí, aprovecharé para dar mi opinión tanto sobre esos casos como sobre la ética de la divulgación científica en general.
Tiene usted un defecto. Lo ha dicho Sánchez tras pensárselo a fondo sobre el colchón más importante de España. Usted no habla claro, emite señales confusas, necesita mejorar sus capacidades comunicativas, no se le entiende. Si piensa que lo único que tiene que hacer cuando se le indica es introducir una papeleta en un sobre se equivoca mucho. Ese acto va mucho más allá de lo que viene siendo ejercer el santo derecho al sufragio. Porque cuando se vota hay que votar bien, no a medias como ha hecho en mayo, tan a medias que no valió para nada.
Que no había un delito de rebelión era tan de sentido común que muchos juristas salieron en tromba contra el despropósito útil al Estado pero poco útil al Estado de Derecho. Así que de todo lo dicho, lo hiperactuado, lo agrandado, lo forzado, lo inventado, nada de nada. También hay unos apartados destinados a salvarle la cara al juez Llarena, miembro de esa Sala.
El pasado viernes 3 de enero Donald Trump —y Estados Unidos— asestó un severo golpe a los derechos humanos, el derecho internacional y la estabilidad mundial cuando juzgó, condenó y ejecutó al general iraní Qassem Soleimani. Fue por la noche cuando se ejecutó la condena a muerte firmada por Donald Trump: un dron MQ-9 Reaper —veinte metros de envergadura y once metros de largo— bombardeó con misiles el convoy iraní que abandonaba el aeropuerto de Bagdad. Los vehículos quedaron convertidos en un amasijo y los cuerpos resultaron despedazados.
Hay cosas que no tienen nombre y otras que sí. Que una banquera promueva la fuga de capitales entre sus clientes y ofrezca su entidad para llevarla a cabo se denomina desvergüenza o patriotismo, términos que suelen ser sinónimos. Esto es lo que hizo este jueves la consejera delegada de Bankinter, María Dolores Dancausa, en la presentación de resultados de la entidad que, por cierto, han sido de cine, con unos beneficios récord de 551 millones, una facturación a tutiplén, mucho margen de intereses y más ingresos por comisiones.
El pasado lunes, el portavoz del Partido Popular, José Ignacio Echániz, afirmó en el debate sobre la proposición de ley de la eutanasia que el gobierno de coalición impulsa la regulación de la muerte digna para ahorrar costes; para recortar las partidas presupuestarias destinadas a cuidados paliativos, camas de hospital y jubilaciones. Una afirmación pueril.