WhatsApp ha comenzado el despliegue de una nueva funcionalidad que permite a los usuarios enviar mensajes de vídeo a otros contactos y que ya está presente en las últimas versiones beta de la aplicación tanto para dispositivos iOS como para Android.
Esta primavera el Gobierno de Navarra se ha instalado en el metaverso. Y, tambíen, en los lugares comunes, puesto que el anuncio institucional está jalonado de esas hipérboles que, por pretender decir tanto, ya no dicen nada: «vanguardia tecnológica», «liderazgo en la innovación», «salto evolutivo», «revolución en la interacción»… acompañadas de un vídeo del consejero autonómico embutido en un casco de realidad virtual y con un mando en cada mano.
Ya sea en visiones de ciencia ficción en las que se teletransportan humanos a través del espacio, o en conceptos más realistas como la computación cuántica, nuestras ideas sobre el teletransporte siempre han girado en torno a una premisa central: la capacidad de transferir estados cuánticos entre partículas distantes, un fenómeno conocido como entrelazamiento.
Dos estudios con miles de participantes confirman que los chatbots pueden modificar las actitudes políticas y las intenciones de voto, revelando que su poder de persuasión depende de la optimización del modelo (postentrenamiento) y del uso de ‘prompts’, con el riesgo de degradar su precisión factual.
La presencia de la tecnología a veces puede sentirse agobiante, pues avanza a un paso tan rápido que en ocasiones se siente irreal. Aun así, no dejamos de sorprendernos del mundo de posibilidades que, por ejemplo, las Inteligencias Artificiales (IA) han traído a nuestras vidas.
Hoy en día, nuestros avances supuestamente revolucionarios en inteligencia artificial son, de hecho, motivo tanto de preocupación como de optimismo. Optimismo porque la inteligencia es el medio por el que resolvemos los problemas. Preocupación porque tememos que la variedad más popular y de moda de la Inteligencia Artificial -el aprendizaje automático- degrade nuestra ciencia y envilezca nuestra ética al incorporar a nuestra tecnología una concepción fundamentalmente errónea del lenguaje y del conocimiento.