#1 Puede verse con el modo lectura. Por si gustas de querer leerla te la copio aquí:
Viaje de vuelta a Ripoll: "Los atentados rompieron la sociedad"
«Fuimos desde Ripoll en tren a pasar el día a Barcelona. Bajábamos hacia el puerto a ver los barcos (...) Fue entonces cuando entramos en la Boquería y le expliqué a Iván que era un mercado muy famoso, que se llamaba Sant Josep, nos entretuvimos. Estaba lleno de gente. Tomamos algo, mi madre fue al servicio y cuando íbamos a salir, el crío quiso un batido de frutas de esos tipo granizado para turistas. Nos paramos en un puesto e hicimos un poco de cola para comprarlo. Eso fue lo que nos salvó, la cola para el batido».
Hablan Iolanda Ortiz e Iván, vecinos de Campdevànol, a cuatro kilómetros de Ripoll, donde se fraguó la célula yihadista del 17-A. Ese día, casualmente estaban en Barcelona con la madre de Iolanda y su hija menor.
«Salimos a La Rambla e Iván iba un poco por delante. De repente escuché gritos y vi una avalancha que se nos venía encima, la furgoneta abriéndose paso, llevándose por delante a gente. Alargué el brazo y tiré de él como pude. Al girarme, las dos personas que tenía delante estaban en el suelo muertas. Aquí empezó el descontrol».
A las 16:53 horas del 17 de agosto de 2017, una furgoneta blanca conducida por Younes Abouyaaqoub encaró La Rambla desde la calle de Pelayo y recorrió a gran velocidad 800 metros en dirección al mar atropellando a cientos de personas. Se detuvo en el mosaico de Joan Miró, a 200 metros de la Boquería. Hasta 14 personas fallecieron por el atropello y más de 100 resultaron heridas. El número de víctimas en total fue de 16 contando con el chico de Zona Universitaria y la mujer de Cambrils.
«Entramos en el primer establecimiento que encontramos por la parte sur de la Boquería, una tienda de cosmética y maquillaje. Calculo que nos encerramos unas 20 personas, nos quedamos incomunicados, sin cobertura. De vez en cuando volvía momentáneamente la conexión y nos entraba algún mensaje. En una de esas nos llegó una foto de uno de los terroristas [la primera imagen que se filtró en televisión fue la de Driss Oukabir, después del atropello, a las 19:00 horas] y mi madre, que regentó una tienda de ropa de segunda mano en Ripoll y conocía a mucha gente, me dijo: 'Este tío me suena'. Y yo le contesté: '¡Anda ya! ¡Cómo puede ser!'»
«Al final nos llegaron más mensajes y supimos que eran de Ripoll». [los Mossos detuvieron a Oukabir esa misma tarde en el pueblo]. «En ese momento, la cabeza no te da para entender tanta información. Tienes que asimilar que es un atentado y que esa gente es de Ripoll. El cerebro no te funciona, es una sensación muy extraña», admite Iolanda.
Tras el atentado, después de estar encerrados horas en esa tienda de cosméticos -«aún hoy, ocho años después, no sé cuánto tiempo pasó, salimos que estaba oscureciendo»-, y pasar por el hospital de campaña de plaza de Cataluña y un ambulatorio de L'Hospitalet, tuvieron que volver a Ripoll (su residencia es Campdevànol pero el día a día es allí) y retomar su vida donde supuestamente la habían dejado.
Para entender el impacto que causó el 17-A hace ocho años en un lugar como Ripoll es importante saber que es una localidad que no llega a los 11.000 habitantes del prepirineo catalán, con una inmigración del 15%, según el censo oficial. Un pequeño enclave entre montañas, «muy tradicional», con una población «envejecida»y «cerrada», según la definición de sus propios vecinos. También es la localidad que ostenta el título oficioso de ser la «cuna» de Cataluña, el lugar donde está la tumba de Guifré el Pilós (el mito fundacional de la «nación catalana») y el primer municipio gobernado por la extrema derecha independentista de Aliança Catalana, el partido de la alcaldesa Sílvia Orriols, cuya figura y gestión de las «heridas» del 17-A también genera una importante división social.
Además, Ripoll es un sitio «pequeño», un lugar donde «todo el mundo se conoce»: «Es lo malo de este pueblo, no te puedes esconder de nadie. No es que no quieras conocer a una persona, es que ya le conoces». Habla Iván, y lo hace sobre el hermano del terrorista Younes Abouyaaqoub, con quien, paradojas del destino, compartió instituto. «Del tema no hablamos nunca, sí que dejamos claro que cada uno debía ir a la suya, que ninguno de los dos habíamos hecho nada». «Aquí es cuando aprendes realmente a no generalizar, a no culpabilizarle por lo que había hecho su hermano», asegura.
Y en este punto es cuando Iolanda alza la voz, denuncia el «abandono institucional» que sintió y la «brecha», la «fractura» social -profunda, «que aún está abierta»- de unos atentados que «rompieron una sociedad por completo». «Solo se prestó atención a las familias de los terroristas, a mí no me llamó nadie. No fuimos considerados víctimas porque no tuvimos ninguna pérdida ni ninguna lesión física». La única información y apoyo que recibieron fue por parte de la Unidad de Atención y Valoración de Afectados por Terrorismo (UAVAT), dirigida por Robert Manrique, que echó el cierre en 2023. Ahora, ocho años depués, han constituido la Asociación 17-A: queremos saber la verdad, presidida por Javier Martínez, padre del niño de tres años asesinado en La Rambla.
Sobre la gestión en Ripoll, Iolanda sigue: «Aquí no podías hablar de terroristas porque te llamaban racista y ese es el problema que hubo. El primer error fue sacar a la comunidad musulmana a la calle en un acto como si se tuviera que pedir perdón». Y añade: «Si en ese momento se hubiera permitido que se discutiera y que la gente, los vecinos, hablasen de su dolor como pueblo, se hubiera culpabilizado a esas personas en concreto y no a todo un sector».
Iolanda señala la gestión política que se hizo del post atentado -el alcalde era Jordi Munell (Junts)-, años en los que «nadie levantó el teléfono». «Los mismos políticos hacían que tú te sintieras mal». Y habla de un «dolor que se enquista»: «Durante seis años no se ha hablado, no se ha discutido nada. Se han dedicado a silenciar al pueblo, y así solo generas más rabia y miedo». «Aquí la convivencia es nula, se ha perdido la confianza».
Una familia cerca de la estación de Ripoll
Una familia cerca de la estación de Ripoll
«En Ripoll estamos estigmatizados, por una cosa u otra, pero lo estamos», admite un vecino «de toda la vida», que camina por la misma calle en la que se encuentra la mezquita de la Comunidad Musulmana Annour Ripollès que sigue funcionando, el centro donde ejerció de imán Abdelbaki Es Satty, el líder de la célula yihadista que perpetró los atentados. «Ellos [los integrantes de esta célula] jugaban a fútbol por la zona de la estación, siempre estaban por allí, hablaban catalán y aparentemente estaban integrados», abunda. «Es una comunidad que vive en paralelo, y después de eso aún más», asegura en referencia al «trauma» del 17-A. «Fue demasiado, las heridas siguen abiertas», sentencia.
«También ha ocurrido al revés: quien dudaba sobre la comunidad musulmana encontró la excusa perfecta para decir: '¿Veis? No nos teníamos que fiar de ellos'», añade otro vecino sobre la «desconfianza» instalada en Ripoll. «Ellos saben que el vecino de abajo no los quiere en su finca».
Pueblo de contrastes, Ripoll es la punta de lanza de una zona con una importante industria ganadera, con trabajo en fábricas y servicios turísticos del prepirineo -hoteles, comercios o restaurantes-, y una tasa de paro del 7,06%, un punto por debajo de la media de la comunidad. También es un lugar presidido por el monasterio de Santa Maria, una de las joyas del románico catalán y con un fuerte componente identitario.
Mouad, proveniente de Marruecos, lleva varios años en el municipio, pero ahora no tiene trabajo. En su grupo, todos de origen inmigrante, evitan hablar demasiado cuando se les pregunta, aunque vienen a decir que ellos hacen su vida, «como siempre», y deslizan haber notado algo de recelo por ser marroquíes.
Por su parte, un grupo de mujeres -todas con el hiyab, el pañuelo que Orriols quiso prohibir en escuelas públicas y equipamientos, una medida que no prosperó por el rechazo de la oposición- también acaban diciendo que perciben cierta «distancia» del resto, por ejemplo a la salida del colegio cuando van a buscar a los hijos. «Pero todo bien, la convivencia bien», zanjan sin querer hablar demasiado. Todas bajan de un autobús proveniente de Vic y se marchan por el paseo que hay justo al lado del río que cruza Ripoll.
En el otro lado aparece Yasmina, de 20 años: vino de Marruecos, de la zona de Nador, con apenas un año, vive en Manlleu -un municipio cercano- y trabaja como integradora social en un instituto de Vic. Habla un catalán nativo y llega a Ripoll para ayudar a su hermano, la mujer y sus hijas a asentarse tras haber encontrado trabajo como soldador. «Fuimos al Ayuntamiento, íbamos con un poco de desconfianza pero los funcionarios nos han atendido bien». «La gente viene aquí a buscarse la vida, a estudiar y a trabajar. A mí nadie me ha obligado a ponerme el velo, un día me verás con vestido largo y otro con pantalones y camisa», asegura. Eso sí, preguntada por Ripoll, el 17-A y la convivencia, es tajante: «¡Uf! Yo soy de Manlleu y allí es otra cosa pero sí, aquí hay una fractura».
En el terreno político, la victoria de Orriols (2023) se entrecruzó con el post 17-A y tuvo mucho que ver con esas cicatrices abiertas. «Lo que provocó su ascenso no fue el atentado en sí mismo, fue que a partir de 2019 Orriols hace un discurso islamófobo sobre el atentado. El gran error del resto de fuerzas políticas de Ripoll fue haber dejado en manos de una única dirigente el discurso de lo que había sucedido», asegura Xavier Torrens, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona y autor del libro Salvar Catalunya. La gestació del nacionalpopulisme català. «Cometieron dos graves errores: el 17-A fue un tema tabú, nadie quería hablar y la única voz fue la de Orriols». «Y practicaron un cordón sanitario de 16 contra 1,
#3 También te digo que si bien, en modo lectura se lee, no se si en el móvil existe este modo. si ves que no y vuelve a pasar, no me importa pegarte el contenido de la noticia.
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Viaje de vuelta a Ripoll: "Los atentados rompieron la sociedad"
«Fuimos desde Ripoll en tren a pasar el día a Barcelona. Bajábamos hacia el puerto a ver los barcos (...) Fue entonces cuando entramos en la Boquería y le expliqué a Iván que era un mercado muy famoso, que se llamaba Sant Josep, nos entretuvimos. Estaba lleno de gente. Tomamos algo, mi madre fue al servicio y cuando íbamos a salir, el crío quiso un batido de frutas de esos tipo granizado para turistas. Nos paramos en un puesto e hicimos un poco de cola para comprarlo. Eso fue lo que nos salvó, la cola para el batido».
Hablan Iolanda Ortiz e Iván, vecinos de Campdevànol, a cuatro kilómetros de Ripoll, donde se fraguó la célula yihadista del 17-A. Ese día, casualmente estaban en Barcelona con la madre de Iolanda y su hija menor.
«Salimos a La Rambla e Iván iba un poco por delante. De repente escuché gritos y vi una avalancha que se nos venía encima, la furgoneta abriéndose paso, llevándose por delante a gente. Alargué el brazo y tiré de él como pude. Al girarme, las dos personas que tenía delante estaban en el suelo muertas. Aquí empezó el descontrol».
A las 16:53 horas del 17 de agosto de 2017, una furgoneta blanca conducida por Younes Abouyaaqoub encaró La Rambla desde la calle de Pelayo y recorrió a gran velocidad 800 metros en dirección al mar atropellando a cientos de personas. Se detuvo en el mosaico de Joan Miró, a 200 metros de la Boquería. Hasta 14 personas fallecieron por el atropello y más de 100 resultaron heridas. El número de víctimas en total fue de 16 contando con el chico de Zona Universitaria y la mujer de Cambrils.
«Entramos en el primer establecimiento que encontramos por la parte sur de la Boquería, una tienda de cosmética y maquillaje. Calculo que nos encerramos unas 20 personas, nos quedamos incomunicados, sin cobertura. De vez en cuando volvía momentáneamente la conexión y nos entraba algún mensaje. En una de esas nos llegó una foto de uno de los terroristas [la primera imagen que se filtró en televisión fue la de Driss Oukabir, después del atropello, a las 19:00 horas] y mi madre, que regentó una tienda de ropa de segunda mano en Ripoll y conocía a mucha gente, me dijo: 'Este tío me suena'. Y yo le contesté: '¡Anda ya! ¡Cómo puede ser!'»
«Al final nos llegaron más mensajes y supimos que eran de Ripoll». [los Mossos detuvieron a Oukabir esa misma tarde en el pueblo]. «En ese momento, la cabeza no te da para entender tanta información. Tienes que asimilar que es un atentado y que esa gente es de Ripoll. El cerebro no te funciona, es una sensación muy extraña», admite Iolanda.
Tras el atentado, después de estar encerrados horas en esa tienda de cosméticos -«aún hoy, ocho años después, no sé cuánto tiempo pasó, salimos que estaba oscureciendo»-, y pasar por el hospital de campaña de plaza de Cataluña y un ambulatorio de L'Hospitalet, tuvieron que volver a Ripoll (su residencia es Campdevànol pero el día a día es allí) y retomar su vida donde supuestamente la habían dejado.
Para entender el impacto que causó el 17-A hace ocho años en un lugar como Ripoll es importante saber que es una localidad que no llega a los 11.000 habitantes del prepirineo catalán, con una inmigración del 15%, según el censo oficial. Un pequeño enclave entre montañas, «muy tradicional», con una población «envejecida»y «cerrada», según la definición de sus propios vecinos. También es la localidad que ostenta el título oficioso de ser la «cuna» de Cataluña, el lugar donde está la tumba de Guifré el Pilós (el mito fundacional de la «nación catalana») y el primer municipio gobernado por la extrema derecha independentista de Aliança Catalana, el partido de la alcaldesa Sílvia Orriols, cuya figura y gestión de las «heridas» del 17-A también genera una importante división social.
Además, Ripoll es un sitio «pequeño», un lugar donde «todo el mundo se conoce»: «Es lo malo de este pueblo, no te puedes esconder de nadie. No es que no quieras conocer a una persona, es que ya le conoces». Habla Iván, y lo hace sobre el hermano del terrorista Younes Abouyaaqoub, con quien, paradojas del destino, compartió instituto. «Del tema no hablamos nunca, sí que dejamos claro que cada uno debía ir a la suya, que ninguno de los dos habíamos hecho nada». «Aquí es cuando aprendes realmente a no generalizar, a no culpabilizarle por lo que había hecho su hermano», asegura.
Y en este punto es cuando Iolanda alza la voz, denuncia el «abandono institucional» que sintió y la «brecha», la «fractura» social -profunda, «que aún está abierta»- de unos atentados que «rompieron una sociedad por completo». «Solo se prestó atención a las familias de los terroristas, a mí no me llamó nadie. No fuimos considerados víctimas porque no tuvimos ninguna pérdida ni ninguna lesión física». La única información y apoyo que recibieron fue por parte de la Unidad de Atención y Valoración de Afectados por Terrorismo (UAVAT), dirigida por Robert Manrique, que echó el cierre en 2023. Ahora, ocho años depués, han constituido la Asociación 17-A: queremos saber la verdad, presidida por Javier Martínez, padre del niño de tres años asesinado en La Rambla.
Sobre la gestión en Ripoll, Iolanda sigue: «Aquí no podías hablar de terroristas porque te llamaban racista y ese es el problema que hubo. El primer error fue sacar a la comunidad musulmana a la calle en un acto como si se tuviera que pedir perdón». Y añade: «Si en ese momento se hubiera permitido que se discutiera y que la gente, los vecinos, hablasen de su dolor como pueblo, se hubiera culpabilizado a esas personas en concreto y no a todo un sector».
Iolanda señala la gestión política que se hizo del post atentado -el alcalde era Jordi Munell (Junts)-, años en los que «nadie levantó el teléfono». «Los mismos políticos hacían que tú te sintieras mal». Y habla de un «dolor que se enquista»: «Durante seis años no se ha hablado, no se ha discutido nada. Se han dedicado a silenciar al pueblo, y así solo generas más rabia y miedo». «Aquí la convivencia es nula, se ha perdido la confianza».
Una familia cerca de la estación de Ripoll
Una familia cerca de la estación de Ripoll
«En Ripoll estamos estigmatizados, por una cosa u otra, pero lo estamos», admite un vecino «de toda la vida», que camina por la misma calle en la que se encuentra la mezquita de la Comunidad Musulmana Annour Ripollès que sigue funcionando, el centro donde ejerció de imán Abdelbaki Es Satty, el líder de la célula yihadista que perpetró los atentados. «Ellos [los integrantes de esta célula] jugaban a fútbol por la zona de la estación, siempre estaban por allí, hablaban catalán y aparentemente estaban integrados», abunda. «Es una comunidad que vive en paralelo, y después de eso aún más», asegura en referencia al «trauma» del 17-A. «Fue demasiado, las heridas siguen abiertas», sentencia.
«También ha ocurrido al revés: quien dudaba sobre la comunidad musulmana encontró la excusa perfecta para decir: '¿Veis? No nos teníamos que fiar de ellos'», añade otro vecino sobre la «desconfianza» instalada en Ripoll. «Ellos saben que el vecino de abajo no los quiere en su finca».
Pueblo de contrastes, Ripoll es la punta de lanza de una zona con una importante industria ganadera, con trabajo en fábricas y servicios turísticos del prepirineo -hoteles, comercios o restaurantes-, y una tasa de paro del 7,06%, un punto por debajo de la media de la comunidad. También es un lugar presidido por el monasterio de Santa Maria, una de las joyas del románico catalán y con un fuerte componente identitario.
Mouad, proveniente de Marruecos, lleva varios años en el municipio, pero ahora no tiene trabajo. En su grupo, todos de origen inmigrante, evitan hablar demasiado cuando se les pregunta, aunque vienen a decir que ellos hacen su vida, «como siempre», y deslizan haber notado algo de recelo por ser marroquíes.
Por su parte, un grupo de mujeres -todas con el hiyab, el pañuelo que Orriols quiso prohibir en escuelas públicas y equipamientos, una medida que no prosperó por el rechazo de la oposición- también acaban diciendo que perciben cierta «distancia» del resto, por ejemplo a la salida del colegio cuando van a buscar a los hijos. «Pero todo bien, la convivencia bien», zanjan sin querer hablar demasiado. Todas bajan de un autobús proveniente de Vic y se marchan por el paseo que hay justo al lado del río que cruza Ripoll.
En el otro lado aparece Yasmina, de 20 años: vino de Marruecos, de la zona de Nador, con apenas un año, vive en Manlleu -un municipio cercano- y trabaja como integradora social en un instituto de Vic. Habla un catalán nativo y llega a Ripoll para ayudar a su hermano, la mujer y sus hijas a asentarse tras haber encontrado trabajo como soldador. «Fuimos al Ayuntamiento, íbamos con un poco de desconfianza pero los funcionarios nos han atendido bien». «La gente viene aquí a buscarse la vida, a estudiar y a trabajar. A mí nadie me ha obligado a ponerme el velo, un día me verás con vestido largo y otro con pantalones y camisa», asegura. Eso sí, preguntada por Ripoll, el 17-A y la convivencia, es tajante: «¡Uf! Yo soy de Manlleu y allí es otra cosa pero sí, aquí hay una fractura».
En el terreno político, la victoria de Orriols (2023) se entrecruzó con el post 17-A y tuvo mucho que ver con esas cicatrices abiertas. «Lo que provocó su ascenso no fue el atentado en sí mismo, fue que a partir de 2019 Orriols hace un discurso islamófobo sobre el atentado. El gran error del resto de fuerzas políticas de Ripoll fue haber dejado en manos de una única dirigente el discurso de lo que había sucedido», asegura Xavier Torrens, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona y autor del libro Salvar Catalunya. La gestació del nacionalpopulisme català. «Cometieron dos graves errores: el 17-A fue un tema tabú, nadie quería hablar y la única voz fue la de Orriols». «Y practicaron un cordón sanitario de 16 contra 1,