La estrategia consistía en mantener los bonus a los ejecutivos y fabricar coches lo más caros posible basándose en lo que algunos periodistas del motor, iluminados a la par que nostálgicos de los años ochenta, llaman tener marcas con espíritu. El plan B era impedir que los chinos vendiesen sus coches, mucho más baratos y con similares niveles de calidad y acabados a base de aranceles, pretendiendo que no son buenos o no tienen personalidad.
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