A las cosas buenas es fácil acostumbrarse, tanto es así que, con no demasiado tiempo, parece que han llegado para quedarse o, incluso, que siempre han estado ahí. Nada más lejos de la realidad, las infecciones eran cosa muy seria hasta no hace mucho. Aunque en nuestro acomodado estilo de vida no nos preocupen demasiado, cabe recordar que hasta mediados del siglo XX, una infección, por leve que fuera, era cosa muy seria y podía llevarte a la tumba con pasmosa facilidad.
El 12 de febrero de 1941, un policía británico, Albert Alexander, recibió el primer tratamiento de penicilina de la historia en el hospital público de Oxford, Inglaterra. Tras cortarse con una rosa, la herida se infectó de gravedad. Desahuciado, el policía aceptó un tratamiento experimental de penicilina, pero las dosis apenas alcanzaron para cinco días. Terminado el medicamento, el paciente empeoró y murió. Sin embargo, con este paciente comenzó la revolucionaria 'era de los antibióticos', que cambió para siempre la historia de la medicina.