No es difícil encontrar vídeos en TikTok o clips de podcasts en los que se reivindica el legado de Francisco Franco; muchos replican desinformación para reafirmar la figura del dictador con verdades a medias sobre supuestas medidas sociales que el Régimen franquista habría impulsado.
A escasos metros de donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más crueles de la última dictadura cívico-militar en Córdoba, un equipo de antropólogos y arqueólogos trabaja silenciosamente sobre una fosa común. La primera sospecha fue que los restos óseos hallados correspondían a víctimas del terrorismo de Estado. Pero, tras las investigaciones, se comprobó que se trata de personas fallecidas durante una epidemia de cólera que golpeó a nuestra ciudad entre 1886 y 1887.
Hacer historia es hacer crítica. Si un fenómeno social no tiene orígenes, si no tiene génesis, entonces es candidato a pensarse como algo que siempre ha estado ahí, desde los orígenes del tiempo, y lo que no tiene principio tampoco tendrá acabamiento. La conclusión es inmediata: ese fenómeno social sería algo natural y, por tanto, algo que no se cuestiona. Ese fenómeno social no acepta una crítica en el sentido analítico: no tiene inicio, y eso impide pensar sus determinaciones históricas.
La apodaron la “Princesa Roja”, ya que dicha particularidad en principio es significado de que se trataba de una persona con una escala social elevada. Sin embargo, llama mucho la atención que la sustancia que tenía en los dientes era altamente tóxica. Este descubrimiento se registró en el cementerio de Shengjindian, en la región de Turpan, al noroeste de China. Se trata de una zona estratégica durante la dinastía Han (hace más de 2.000 años) por donde pasaban las caravanas de la Ruta de la Seda.
Este señor lanzó un crudo "Franco era un tío con dos cojones", utilizando la expresión testosterónica de citar el dúo de gónadas masculinas para alabar a alguien. Pero la cosa ha acabado estrepitosamente mal para el autor, con una nota de los lectores en la red social y con cientos de respuestas.
Los miembros de esta casta borbona están tan entrenados como trileros, que saben cómo hacer que les paguemos hasta sus entierros. La fea costumbre de cargar al erario público todos los costes funerarios de los borbones expulsados la inició el mastuerzo Fernando VII, y con él, aquí y hoy, arranca una historia que se alargará en plan serie turca durante las dos o tres o cuatro o yo qué sé cuántas columnas siguientes, pero serán las que sean necesarias porque a ustedes, lectores y lectoras, les pienso dejar con el mismo mal cuerpo que tengo yo desde que fui conociendo que no solo les hemos pagado a los borbones sus derroches en vida, sino que también les hemos costeado sus muertes, sus funerales, sus entierros, sus exhumaciones, sus traslados, sus nuevos funerales, su vuelta a enterrar y el mantenimiento de sus sepulturas.