Aline a Valcour: ¿De qué palabras podré valerme? ¿Cómo suavizaré el golpe que debo asestarte? Mis sentidos se turban, mi razón me abandona, ya no existo sino a través del sentimiento de mi dolor… ¿Por qué te vi? ¿Por qué esos rasgos encantadores penetraron en mi alma? ¿Por qué me arrastraste contigo al abismo? ¡Ay! ¡Cuán breves fueron nuestros instantes de dicha! ¿Quién sabe, Dios mío!, ¿quién sabe cuáles son los límites de los que deben seguirlos? Amigo mío, no debemos volver a vernos… Bueno, ya está dicho, esa palabra cruel; ¡he podido trazarla sin morir!… Valcour a Aline: Sí, la he leído,…
Hace más de 2.500 años, Parménides de Elea formuló una frase que sigue generando debate: “El ser es, y el no-ser no es”. Puede parecer simple, pero encierra una de las teorías más profundas —y más difíciles— de la filosofía. Con ella, el pensador griego rompía con la forma habitual de entender la realidad. Para Parménides, solo existe aquello que es. Lo que no es, simplemente no puede pensarse, ni decirse, ni existir.
Sus enseñanzas, conocidas como mayéutica, partían de una idea: la verdad no se impone, se descubre. La mayéutica fue el método filosófico que creó Sócrates y que consistía en utilizar el diálogo y la realización de preguntas incisivas para ayudar al interlocutor a descubrir la verdad por sí mismo. Y ese descubrimiento, según Sócrates, nace de la capacidad de replantearse lo que creemos saber.
La reflexión del escritor ruso invita a mirar primero hacia uno mismo antes de intentar transformar el mundo.Su pensamiento conecta con ideas del estoicismo y la responsabilidad personal.
En tiempos donde el estrés y la autoexigencia parecen ganar la pulseada, una frase de Séneca vuelve a cobrar fuerza: “Cuando uno es amigo de sí mismo, lo es también de todo el mundo”. El mensaje, que atraviesa siglos, invita a mirar hacia adentro y a cambiar la forma en la que nos relacionamos con los demás.
Esta es la historia real del día que nos sentamos con el maestro mundial del thriller para hablar de su octava novela, El último secreto, y, en un giro más propio de la comedia romántica, acabamos tarareando Déjame, de Los Secretos.
Kant nos dijo que para que los hombres lograran la “ilustración no se requiere más que una cosa, libertad; y la más inocente entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer uso público de su razón íntegramente. Mas oigo exclamar por todas partes: ¡Nada de razones! El oficial dice: ¡no razones, y haz la instrucción! El funcionario de Hacienda: ¡nada de razonamientos!, ¡a pagar! El cura: ¡no razones y cree!... Aquí nos encontramos por doquier con una limitación de la libertad. Pero ¿qué limitación es obstáculo a la ilustración? ¿Y cuál, por el contrario, estímulo? Contesto: el…