Desgraciadamente, la evolución nos ha dotado de una “cualidad” que complementa perfectamente a la rebeldía en situaciones de no libertad: la envidia. La envidia tiene muchas ventajas, pero la principal es que no me obliga a ser como el biendotado, sólo me obliga a tener lo que él tiene. Y, además, me permite conformarme con menos si el biendotado tiene lo mismo que yo.
Isabel Díaz Ayuso, ha tildado la justicia social de "invento de la izquierda" y ha considerado que solamente promueve "la cultura de la envidia y de buscar falsos culpables" y "normaliza el delito" perjudicando "a la gente de bien"
Los españoles dicen de los españoles que la característica que les define es la envidia. Lo he oído mil veces pero no me convence. No creo que los españoles posean esta universal debilidad en más abundancia que el resto de los ciudadanos de la Tierra. En cambio, cuando mi hijo me sorprendió hace unos días con el comentario de que los británicos envidiaban a los españoles ahí sí me pareció detectar algo que sonaba a verdad.
“La persona que envidia necesita ocultarlo y disfrazar su envidia bajo una teoría que justifique su hostilidad hacia el individuo o el grupo”. Esta reflexión, incluida en el capítulo dedicado a la envidia, sintetiza la tesis central de Eva Illouz en su nuevo libro “Modernidad explosiva”: las emociones, lejos de ser simples reacciones privadas, se han convertido en fuerzas que modelan la vida social y política contemporánea. En palabras de la autora, “la seriedad con la que tomamos las emociones para guiarnos es un rasgo de la modernidad.