Que España disfruta y sufre de un origen catalán se hace cada vez más evidente. Que la persistente negación de la catalanidad es un rasgo arrastrado desde las profundidades de los siglos y es en el ADN castellano, también. Que esta negación constante se combina graciosamente con aquel puesto chulesco, matón, siempre tendente a la grandilocuencia y el menosprecio de todo lo que se desconoce, también es una evidencia palmaria y refleja la actitud por antonomasia de aquella gente tan ufana y tan soberbia que se retrata al himno de Cataluña.
uesto que la guerra es el hábitat ideal de Jose Mari –ya sea en el Golfo Pérsico o en sus abdominales—, si no hay una guerra en marcha, él se la inventa; empieza a hacer declaraciones bélicas a la espera de que sus allegados vayan montando los cañones y buscando los objetivos. Fue precisamente en la Guerra de Irak donde Jose Mari consiguió su momento más alto hasta la fecha, plantando los pies encima de la mesa junto al presidente de los Estados Unidos e impartiendo ruedas de prensa con acento tejano y un chicle en la boca. Entonces no se sabía