El poder de la calumnia
He sido muchas cosas en esta larga vida. He sido presa política, he sido abogada de obreras despedidas, he sido acusada de propaganda ilegal, he sido vigilada, detenida, silenciada, insultada y empujada por matones del franquismo en las escaleras de los tribunales. He fundado partidos, sindicatos, publicaciones. He defendido a mujeres violadas cuando ni siquiera se reconocía el término. He escrito libros, he dado mítines, he enfrentado dictaduras, he sobrevivido a la censura y a las bombas de humo en mis actos. Y ahora, cuando me acerco a los noventa años con la frente muy alta, descubro que he sido, atención: declarada «fascista» por un par de señoras –supongo- norteamericanas que no me conocen, no sé si han pisado alguna vez España, y probablemente no sabrían distinguir a Largo Caballero de Mussolini aunque los tuvieran sentados a su lado en una cena benéfica.